Hace un tiempo me pasó algo estando con mi hijo que me hizo
llenar de orgullo como persona y por sobre todo como madre.
Habíamos salido del supermercado con mi hijo, él tiene 3
años, y esperando en un semáforo para cruzar la calle vimos sentado fuera de la
iglesia a un hombre y su perro, hacía mucho calor y mi hijo me pregunta con su
inocencia infantil porqué él está ahí y no en su casa con su mamá a lo que yo
respondo que el porqué no lo sé pero que él no debe hacerse una impresión solo
porque lo ve ahí y me dice: mamá hace mucho calor debe tener sed y toma una
bolsa me pregunta si le puedo comprar de nuevo sus cosas y cuando le digo que
si, toma sus jugos y una cajita de cereal y se acerca y se las regala al este
hombre que ni siquiera cruzó palabra alguna con nosotros. Él le sonrió a mi
hijo le dio las gracias y mi hijo le dio la mano sin importarle los curiosos
que nunca faltan y se quedaron mirando toda la escena.
Este accionar me hizo sentir un amor aún más grande del que
ya siento por mi pequeño y un orgullo inmenso, porque me di cuenta que estoy
haciendo un buen trabajo y estoy formando un hombre de bien con valores y sin
los típicos prejuicios que tiene la sociedad por aquellos que están en
situación de calle.
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