miércoles, 6 de noviembre de 2013

Hace un tiempo me pasó algo estando con mi hijo que me hizo llenar de orgullo como persona y por sobre todo como madre.
Habíamos salido del supermercado con mi hijo, él tiene 3 años, y esperando en un semáforo para cruzar la calle vimos sentado fuera de la iglesia a un hombre y su perro, hacía mucho calor y mi hijo me pregunta con su inocencia infantil porqué él está ahí y no en su casa con su mamá a lo que yo respondo que el porqué no lo sé pero que él no debe hacerse una impresión solo porque lo ve ahí y me dice: mamá hace mucho calor debe tener sed y toma una bolsa me pregunta si le puedo comprar de nuevo sus cosas y cuando le digo que si, toma sus jugos y una cajita de cereal y se acerca y se las regala al este hombre que ni siquiera cruzó palabra alguna con nosotros. Él le sonrió a mi hijo le dio las gracias y mi hijo le dio la mano sin importarle los curiosos que nunca faltan y se quedaron mirando toda la escena.

Este accionar me hizo sentir un amor aún más grande del que ya siento por mi pequeño y un orgullo inmenso, porque me di cuenta que estoy haciendo un buen trabajo y estoy formando un hombre de bien con valores y sin los típicos prejuicios que tiene la sociedad por aquellos que están en situación de calle.

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